La soberanía de Dios nos sorprende. Cuántos se han preguntado el por qué de lo que le sucedió en diferentes momentos de la vida; de hecho, la mano del Señor obra en formas incomprensibles para el hombre.
El ejemplo clásico del propósito de Dios en circunstancias que vistas desde el punto de vista natural parecerían negativas -pero cuyo protagonista reconoce como la buena y perfecta voluntad del Señor-, es la vida de José. Vendido como esclavo por sus hermanos que lo despreciaban, preso injustamente, a la vuelta de la vida (y de la mano de su fidelidad a Dios, y del Señor hacia él), José puede decir a quienes lo habían vendido -y siendo ya persona principal en Egipto- que había propósito de Dios en todo esto (ver Génesis 45).
Pablo pudo escribir a los romanos que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien" , y es bueno resaltar las palabras "todas las cosas"; más adelante, en el capítulo doce de la misma carta, el apóstol nos dice: "... para que comprobéis la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" .
Pero llegados a este lugar, digamos que este versículo del capítulo doce de la carta a los romanos que citamos en parte, en su versión completa dice: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". Aquí el Señor nos enseña el motivo por el cual nos es difícil ver su mano en los momentos embarazosos: no hemos renovado nuestro entendimiento hacia lo espiritual .
La mente carnal no puede comprender las cosas de Dios (Romanos 8:5). Pero ¿qué hemos de hacer para renovar nuestra mente?, hay varias pautas a seguir:
1. Cuidar aquello con lo cual alimentamos nuestra mente: Pablo escribió acerca de las cosas en las cuales pensar en su carta a los filipenses: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad" (Filipenses 4:8).
2. Buscar la presencia del Señor con sinceridad y humildad: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta, como en un espejo, la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Corintios 3:18). Notemos que dice "con la cara descubierta", lo que nos habla de esa sinceridad y humildad indispensables al acercarnos a Dios.
3. Escudriñar las Sagradas Escrituras con afán de obedecerla; Esto lo encontramos en la carta de Santiago, capítulo uno, donde se nos habla de ser hacedores de la Palabra.
4. Por último (aunque no pretendiendo haber agotado lo que la Biblia enseña sobre esto), el Señor nos insta a pedir sabiduría, con la promesa de que El la dará a quien se la pida, y en forma abundante (Santiago 1:5-7).
Recordemos en todo momento que la escuela de Dios es a través de las pruebas, cosa olvidada, y aún negada por muchos hoy, en un sincero pero equivocado énfasis "exitista" del Evangelio. La carta a los hebreos nos muestra una realidad que golpea nuestra mente natural, ya que hablando del Señor Jesucristo, dice: "Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió obediencia, y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen..." (Hebreos 5:8-9); esta realidad (que no termino de comprender) nos muestra que Jesús, Nuestro Señor; el Rey de Reyes y Señor de Señores, el Admirable, Consejero, fue perfeccionado y aprendió obediencia por lo que padeció ¿cómo pretendemos nosotros ser perfeccionados viviendo en un mundo sin aflicciones?
Termino reconociendo que hay muchas cosas del obrar de Dios que no entiendo, ni entenderé nunca... pero ¿cuál es el problema con esto?, el Señor me llamó a creer, no a entender; y en el proceso de creer, el Espíritu Santo trae luz (en nuestro espíritu) sobre las sendas de Dios. Este es el camino del Espíritu.
Quiero dejarles como un cálido ejemplo de esto, un breve cuento de Gloria Vidal (de su libro "Trozos de mi alabastro"):
DÁDIVA DE AMOR
Era la mañana de un hermoso y soleado domingo. Dios se paseaba por los hermosos predios de sus dominios celestiales. Bajo su brazo llevaba un cofre repleto de dones y talentos. Buscaba afanosamente un emisario a quien enviar a la tierra llevando el cofre. Ángeles y serafines estaban muy ocupados en sus sagradas tareas.
Sólo un pequeño y travieso querubín volaba despreocupadamente interrumpiendo el trabajo de los mayores. Cuando vio que Dios se acercaba y buscaba quien llevara el cofre a la tierra, se limpió apresuradamente su carita, estiró su trajecito y con sus manos a la espalda y la aureola brillando sobre su cabeza, le dijo:
¡Papá Dios... yo quiero llevarlo!
Y confió Dios aquel preciado tesoro en manos del querubín. Orgulloso de haber sido seleccionado para llevar tan sagrado encargo, bajó el querubín a la tierra.
¡Qué hermoso planeta! - ¡Y qué de cosas nuevas!-
Volaba el querubín embebido en los nuevos descubrimientos, curioseando aquí, luego allá y más allá. De pronto se detuvo y exclamó asombrado:
¡Cuántos jóvenes! - ¿Qué estarán haciendo? - Ahora salen de unos salones. Averiguaré hacia donde se dirigen...
Volaba el querubín sobre la Iglesia Bautista La Roca de Ceiba, siguiendo a un grupo de jóvenes que se dirigían de sus salones de Escuela Bíblica al edificio principal del templo. Como estaba tan ofuscado siguiendo aquel grupo no vio la enorme rama del árbol que le salía al paso y... ¡zas! tropezó el querubín, saliendo disparado de sus manos el cofre que se abrió con el impacto. Salieron a raudal todos aquellos dones tan celosamente guardados por Dios y se desparramaron sobre aquel grupo de jóvenes que caminaba apresuradamente.
Y surgieron milagrosamente: cantores, músicos, actores, maestros, escritores y muchos otros que inmediatamente pusieron a trabajar sus talentos.
Llegó el querubín sollozante y cabizbajo a la presencia de Dios. Éste levantó su carita, arregló su aureola y sonriendo le dijo:
- Yo dirijo los pasos de todas las criaturas tanto celestiales como humanas... ¡Has cumplido tu misión!